Monarca Carlos III – Continuidad o Reformismo

9 mayo 2020

¿SE PUEDE CONSIDERAR AL REINADO DE CARLOS III COMO UN REINADO REFORMISTA E ILUSTRADO?

 

El 20 de enero de 1716 nacía en el Real Alcázar de Madrid el infante don Carlos, hijo primogénito de Felipe V y de su segunda esposa, Isabel de Farnesio, quien le llamó siempre “Carletto” como cariñosa referencia a su origen parmesano. Contra todo pronóstico, ante  la falta de descendencia de su hermanastro Fernando VI, se convertiría en Carlos III de España en 1759. Tendría un reinado largo, denso y fructífero que ha sido objeto de numerosos estudios en casi todas las épocas posteriores, de modo que existen valoraciones diversas del personaje y de su época, algunas de ellas faltas de rigor, alteradas por justificaciones ideológicas o emociones patrióticas.

Entre las tres corrientes de opinión más extendidas, la primera sería la de los tradicionalistas representados por Menéndez Pelayo, que acusan al monarca de haber seguido una política extranjerizante e incluso anticatólica que conllevó una pérdida de la identidad netamente española que se había ido fraguando desde los reyes godos. Esta línea apenas tuvo repercusión y  no ha sido sostenida por  historiadores posteriores. En una segunda interpretación, liberales y reformistas han sido siempre defensores del reinado de Carlos III, un ejemplo de la regeneración que España necesitaba para alcanzar la modernidad y salir del retraso que la separaba de otros países. La tercera valoración, en la línea del materialismo histórico, es más crítica; considera que se puso más empeño en conservar las estructuras tradicionales de la sociedad, que en lograr la transformación que hubiera sido necesaria para erradicar el sistema tardofeudal imperante en España, de modo que se habló mucho de reformas y cambios, pero se hizo poco al respecto. Entre estas tres líneas de pensamiento, la segunda de ellas es la más difundida y aceptada en la actualidad.

Duque de Parma entre 1731 y 1734, Rey de Nápoles entre 1734 y 1759,  y Rey de España desde 1759 hasta su muerte en 1788, Carlos III llegaba de Nápoles preparado en la tarea de reinar y no desconocía los principales problemas españoles, por lo que experiencia y veteranía se conjugaron con el legado de mejoras que ya habían iniciado sus dos predecesores. En un momento en que Europa se debatía entre el inmovilismo de las monarquías y la Ilustración, Carlos III inició una amplia reforma que condujo a un cambio contenido, sin alterar el sistema pero paliando algunas deficiencias que permitieron, con fracasos y limitaciones, una mejoría en el interior del país. Su programa de reformas  ya estaba trazado desde antes de llegar a España, e implicaban reforzar el poder de un Estado centralizado, empezando por el del propio monarca, conseguir un mayor crecimiento económico, apoyar la renovación cultural y científica y conservar los territorios americanos a la vez que se potenciaba su comercio.  No pretendía, sin embargo, alterar la esencia jerárquica del sistema social, considerado aceptable, pero sí lograr que sus súbditos tuvieran una mejor calidad de vida. Para tener éxito en hacer triunfar las Luces y llevar a cabo la necesaria reforma de España, era necesario, en palabras del profesor Roberto Fernández, “acudir sin complejos al Absolutismo”. La profunda religiosidad del rey no fue obstáculo para su fuerte regalismo, al considerar que, puesto que Dios había puesto en sus manos el destino de la Monarquía, en el ámbito de lo temporal era el único al que la totalidad de los súbditos debían obediencia, incluidos los eclesiásticos. Carlos III estaba firmemente convencido de que el oficio de rey consistía, ante todo, en engrandecer su dinastía y mejorar la vida de su pueblo, si bien como monarca absoluto, no contó demasiado con éste para dirigir las reformas, sino que eran los poderes del Estado, con el rey al frente, quienes mediante la formulación de proyectos, la promulgación de leyes y la disposición de dinero, los encargados de efectuarlas.

 

Carlos III no poseía un gran talento político, pero lo suplió a base de voluntad y dedicación y a una acertada elección de colaboradores: Esquilache, Campomanes, Aranda, Floridablanca u Olavide fueron los más destacados. Fue un ejemplo de rey del absolutismo ilustrado, consiguiendo conciliar ambos conceptos y llevando adelante los proyectos de reformas tan lejos como pudo, pero sin destruir el orden existente. Se movió en un término medio, entre tradición y renovación,  en un momento histórico decisivo, pues  apenas unos meses después de su muerte en diciembre de 1788 daría comienzo en Francia la Revolución que acabaría con el Antiguo Régimen.

La Ilustración en Europa fue un complejo proceso que sacudió los pilares de la sociedad debido al choque entre los nuevos principios y valores que buscaban imponerse y las antiguas creencias heredadas. Provocó un dinamismo social sin precedentes y transformaciones profundas en aras del progreso. No existió una única Ilustración, sino que cada país vivió la suya. Carlos III, el monarca por excelencia de la Ilustración en España nunca fue un intelectual, ni un gran estudioso, ni un gran lector. Afirmaba considerarse “antes Carlos que rey” y partiendo de esta matización, podría decirse que Carlos no era un hombre ilustrado, pero sí lo fue el rey.  Aunque su gran afición fue la caza,  mostró un decidido apoyo a las nuevas ideas  y a los hombres que las encarnaron, siendo su reinado el que más contribuyó al progreso cultural del país y a la difusión de las Luces, aunque también hubo sombras que entorpecieron el camino reformador, pues no siempre coincidieron las medidas gubernamentales con las ideas de los ilustrados.

Se pusieron en marcha programas para fomentar actividades tanto públicas como privadas, facilitándose la impresión, edición y distribución de libros, muchos de ellos extranjeros.  Se fomentó el teatro como medio pedagógico, las tertulias en domicilios privados donde se discutía sobre Historia o Lengua, dieron lugar a  Reales Academias desde donde se pudo realizar una gran labor cultural.  El intercambio de estudiantes entre España y Europa potenció las transferencias culturales y la creencia en la educación como motor de progreso. Su expansión y fomento en todos los niveles fue una de las directrices fundamentales del reinado y uno de los principales agentes de difusión del pensamiento ilustrado, a pesar de ser aún una educación basada en diferencias estamentales y de género y de la fuerte competencia del púlpito. Se acometió un importante plan de escolarización mediante una red de escuelas primarias por todo el país con el claro objetivo de disminuir la alta tasa de analfabetismo, mejorando la instrucción en las distintas etapas educativas a través de la introducción de disciplinas modernas y la renovación de métodos pedagógicos, con especial atención en la enseñanza secundaria y en las academias militares. El concepto de educación como servicio público y utilitarista se tradujo en escuelas de formación profesional para formar trabajadores cualificados que pudieran  llegar a alcanzar un nivel económico medio. Tras la expulsión de los jesuitas, se emprendió una reforma de universidades y colegios mayores que no siempre fue exitosa, pero provocó el nacimiento de instituciones educativas y científicas alternativas.

Se abrió la puerta a una prensa periódica cada vez más crítica, entre la que puede citarse El Pensador, El Cajón de Sastre, El Censor, o La Pensadora Gaditana. El periodismo de opinión se convirtió en el escaparate donde se reflejaba el país en temas tan dispares como economía, educación, la situación de las mujeres, los matrimonios de conveniencia, la exaltación del trabajo, etc., pero la punta de lanza  de los logros ilustrados son las Sociedades Económicas de Amigos del País. Estas asociaciones públicas y socialmente abiertas para los miembros del estado llano, mostraron su capacidad para favorecer el desarrollo cultural y económico de su entorno y fueron un elemento clave para la acción política de los gobiernos reformistas. Cada individuo gozaba de libertad para emitir sus opiniones y ser escuchado, permitiendo el desarrollo de una nueva sociabilidad y de un nuevo medio de reclutamiento de una clase política involucrada en lograr sus objetivos. En el seno de estas sociedades genuinamente españolas tuvieron un lugar destacado autores de tanta trascendencia como Gaspar Melchor de Jovellanos, cuyas obras están llenas de propuestas prácticas para la sociedad de su tiempo.

El fomento de las expediciones científicas como la llevada a cabo por José Celestino Mutis también tiene una pretensión de utilidad pública que revierta en el crecimiento de la nación. Se potencia el estudio de la Geografía, Astronomía y Náutica, ligados al ámbito militar pero también al perfeccionamiento de las cartas de navegación que permitan mejorar las actividades comerciales. La Ciencia en general hizo gala de superación de ciertos lastres reaccionarios y contó con el apoyo real para limitar la autoridad de la Inquisición.

Sagrario Alijarcio

Documentalista de AntiguoRincon.com

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BIBLIOGRAFÍA:

-FERNÁNDEZ, ROBERTO: “El monarca mesurado”, La aventura de la historia nº 204, pp.58-61, 2016.

-FERNÁNDEZ, ROBERTO: Carlos III. Un monarca reformista. Espasa. 2016.

-FRANCO, GLORIA. “La España ilustrada”, La aventura de la historia nº 204, pp.75-77, 2016.

-VIDAL, JOSEP JUAN; MARTINEZ RUIZ, ENRIQUE: Política interior y exterior de los Borbones. Istmo. 2001.

SITOGRAFÍA:

-Documental “Carlos III,  inventor de Madrid”. UNED Documentos. Recuperado de: https://www.google.es/search?q=Carlos+III%2C+inventor+de+Madrid&oq=Carlos+&aqs=chrome.0.69i59l3j69i57j69i61l2.15185j0j7&sourceid=chrome&ie=UTF-8

-Documental “Carlos III. Luces y sombras del reformismo ilustrado”. Memoria de España RTVE. Recuperado de: http://www.rtve.es/alacarta/videos/memoria-de-espana/memoria-espana-carlos-iii-luces-sombras-del-reformismo-ilustrado/3283927/